Me estoy tranquilo, de Carlos Acosta: la mirada primera

Portada del libro

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Hace ya unos cuantos años que mi buen amigo Carlos Acosta (Carúpano, Venezuela, 1955) vio publicado su primer libro, en 1992, Me estoy tranquilo. Consiste en un conjunto de diez cuentos de diversas historias, que recibió en ese momento (1991) el premio, en el género, del I Concurso de Poesía y Narrativa «Esta Tierra de Gracia», organizado por la entonces reconocida Dirección de Cultura del Estado Sucre y la Casa Ramos Sucre. ¡Ah tiempos!

Carlos Acosta fue hasta hace poco un asiduo autor de Steemit. Lamentablemente, por las condiciones tan duras por las que atraviesa Venezuela, se ha visto obligado a entrar en receso en la plataforma. Sin embargo, esperamos que vuelva pronto a seguirnos refrescando con su verbo creativo, rimado y ritmado (es un hacedor especial de décimas) y su imaginación. Si estás interesado en leer sus publicaciones, que son muchas, de gran interés y agradable lectura, puedes ir a @acostacazorla.

Me estoy tranquilo, aun siendo el primer libro de Carlos Acosta (en 2012 fue publicado su segundo libro, la novela Chacho: el cuento de una novela prometida), es la expresión lograda y concentrada de un experimentador perspicaz de la vida -especialmente, de sus momentos más vivaces y sugestivos-, de un lector internalizado de la literatura, sobre todo de aquella que podríamos denominar «mágica», y de un ejercitante de la narrativa que recrea la vida cotidiana más propia de nuestros pueblos y la realza en su palabra.

En todos ellos notaremos la marcada presencia de una realidad que llamaremos popular, para darle un nombre; incluso en algunos donde esto no pareciera ser objeto del cuento, pero sí a través de la visión del narrador. Dicho de otro modo, la recreación, por medio de la perspectiva del protagonista y/o narrador, del mundo del entorno vivido e imaginado que se identifican con las vivencias de los habitantes humildes y necesitados de la población. Ello, por supuesto, trasunta la experiencia y concepción del autor, y está escrito con gran talante poético.

El escritor Carlos Acosta Fuente

Intentaremos unos comentarios de este libro, del que lamentablemente no existe versión digital (la impresa es inconseguible).

En el título del post quise expresar un rasgo que me parece muy relevante y llamativo de algunos de los cuentos de este libro. Me refiero a la presentación de una visión infantil, entre la inocencia y la crueldad (la maldad), ambivalencia muy presente en los niños. Así lo puedo advertir fundamentalmente en los cuentos «Me estoy tranquilo», «Después de todo» y «La onda del círculo».

El mar es azul, las olas verdes con encajes blancos. Dicen que en el mar uno pesa menos. Quisiera estar en el mar sin que me agarren por la muñeca. Y me agarran durodurísmo, y me voy para la orilla. Me duelen lo ojos, los siento salados. Todo lo cubre una cobija transparente, y me estoy tranquilo, como si todo el mar me perteneciera.

Regresar sin haber ido es como estar detenido y moverse al mismo tiempo. Es como las alas del chupaflor que de moverse tan rápidas parecen quietas. Cuando se detiene frente a la flor es como si estuviera quieto en el centro del tiempo.

Le robaré la salida al tiempo y
enseñaré a montar patines
a no agarrar durodurísmo
a ser como Manuel
a sentir el calor de ella
ser livianos
alcanzar el néctar de las flores
subir donde pegan las ramas
estar tranquilos

Los tres fragmentos son de «Me estoy tranquilo». El temple poético, imaginativo, telúrico, real-maravilloso es ostensible. El niño -personaje/narrador-, situado entre la inocencia y el deseo, nos ofrece imágenes tan puras como las del mar y el colibrí (su vuelo, su néctar), la chica que lo atrae, en un juego entre el castigo y la libertad.

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En «Después de todo», encontramos a un personaje-narrador también niño, en el que podemos identificar rasgos semejantes:

Hoy no me despertaré muy temprano y me sentaré a la sombra del almendrón y me comeré los que caigan. Los pájaros picarán los de arriba, los muchachos tumbarán los que dan al techo y no me pondré bravo porque después de todo siempre será mía y hasta sería posible que Dios se contente conmigo y le dé por llover y entonces ni siquiera tenga que regarla.

Desde una visión similar, incluso teniendo al árbol como elemento central (en el niño latinoamericano tradicional, la experiencia con un árbol -subir a él, tomar su frutos, etc.- era casi arquetípica. Y el personaje se recrea en esa misma experiencia como un modo de escape, semejante a la situación narrativa del texto anterior.

La inocencia, bordeando la malicia, se manifiesta en la voz del niño narrador de «La onda del círculo», que, dentro de una abismante lógica matemática, nos enfrentará a una cierta conciencia precoz ante el absurdo de la vida, muy próxima a una concepción existencialista.

Papá me dio dos caramelos, uno rojo y otro como todos los días. Y me comí uno en la mañana y otro en la tarde y me quedó cero caramelos. Papá me dijo que todos moriríamos, que Dios lo dispuso así, que Dios era todopoderoso, que era infinito y que no tenía forma. Y yo me puse triste porque me quedaría sin papá, así como me quedé sin caramelos.

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Subyace en casi todos los cuentos una línea transversal: la muerte. Como es propio de la conciencia común de nuestros pueblos, la muerte está presente de algún modo, con su carácter casi siempre metafísico, aunque otras veces completamente concreta. En varios de los cuentos de su libro se manifiesta como filón temático, mezclado con otros aspectos, como en «De paso» y «Venus y Marte». Quizás una breve cita del primero podría ilustrar un poco:

Realmente no lo sé, señor Dukasa. Deberían estar muertos todos, el mar enfermo y, para colmo, no hay agua. Ellos dicen que de vez en cuando pasa Dios y los ayuda. Aseguran que Dios escucha sus rezos.

La muerte asociada a la enfermedad moral (concretada en la imagen del mar enfermo, que nos remite a la «tierra baldía» de Eliot), en un pueblo sometido a la miseria social, la corrupción y el crimen.

Finalmente, haré una breve referencia a dos cuentos, casi emblemáticos en este libro. Uno es «Vadín», un relato en el que el personaje narrador (alter ego del autor), a través de la historia de su viaje a Moscú, interpretada a la luz de estos días, diría que nos ofrece la experiencia anticipada del inmigrante venezolano. Y el otro, «Sagrada almendra de Oswaldo», un curioso relato que nos entrega una historia entre lo terrible, el amor y la inocencia, en un ambiente carcelario. Les copio unos fragmentos de él:

Dimas Farías descolgó el cuadro y quedó al descubierto un agujero del tamaño de una almendra (antiguamente el patio había sido uno solo, pero luego lo dividieron en dos para construir el área de las mujeres (…).

El domingo por la noche hicieron el amor: se desvistió lentamente para él. Después acercaron las bocas a la nuez (…) Oswaldo adelgazó su lengua doblándola en una forma cóncava, y la introdujo lentamente hasta llegar al otro mundo con ella. El roce de los bordes rasgó las papilas y la sangre iba goteando hasta la boca de la carajita (…)

Oswaldo y la carajita amanecieron hablando de cosas banales. Después se fueron a dormir. (…) y ella se abrazó a un escapulario del «Corazón de Jesús» que llevaba colgado en el cuello.

En un espacio tan hostil como lo es una cárcel, Carlos Acosta nos brinda una extraña experiencia de cierta ternura y erotismo, pero que termina en la soledad y el desconocimiento de los personajes. Esta relación de contrariedades y vivencias emocionales dificultadas, creo que son un eje del valioso libro de cuentos comentado de este escritor sucrense (venezolano), al que ojalá se pudiera acceder aunque fuese a una versión digital.

Fuente

Referencia

Acosta, Carlos (1992). Me estoy tranquilo. Cumaná, Venezuela: Coedición Dirección de Cultura Edo. Sucre-Centro de Actividades Literarias J. A. Ramos Sucre – Dirección Literatura CONAC.

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